Otra historia de amor, triste y desventurada, no, no tengo ganas de escucharlas ni leerlas, hoy no, no creo que el amor esté maldito a ser siempre infeliz, aunque a veces duela como nunca, hiera, pise, o derrumbe hasta la muralla más fuerte, el amor tiene que ser siempre eso, amor, belleza, enajenación, tontería.
Con estragos en mi corazón y cenizas de incendios devastadores que ha dejado a su paso, el amor, hoy me siento libre y sensato para hablar con el corazón en la mano y decir que el amor es fuerte, el amor lo puede todo y sobre todo, el amor es mucho más fuerte que la razón y los corazones enamorados me darán la razón. Quiero hoy hablar de un amor que es el que nos hace crecer, madurar y avanzar. Felicito primero a todos los enamorados, a todos los corazones incautos que han caído en las garras de un amor despiadado.
Este amor del que hablo, es el amor por nosotros mismos, que tendría que ser mucho más fuerte y más hábil y diestro para sortear las sorpresas que la vida nos va tendiendo, es como correr descalzo en un campo minado. Jugar a la ruleta rusa. Poner el corazón en las brazas ardientes del destino. Muchos descuidamos nuestra parte interna para darla desmesuradamente, sin control, sin cabida al pensar, sin querer siquiera.
Todos los días me levanto con las ideas revueltas de un sueño lleno de ilusiones de vida y de amor, me miro al espejo y veo que he envejecido más, miro mis orejas y critico mis rasgos faciales, toco mis imperfecciones corporales y me comparo una vez con mi ideal de ser. Tiro la ropa sucia de tanto cavilar dormido al suelo de mi habitación solitaria y fría, entro al baño de un salto y dejo correr el agua, el sonido de las gotas, a mil por hora, chocando en el piso forrado de azulejos azules me despierta de un letargo intermedio.
Entro en la ducha y el agua golpetea mi cuerpo desnudo, y masajea mi cabeza al mismo tiempo que pienso que es hora de tomar las riendas de mi pensar y actuar en pro de un día que apenas empieza, me incomoda pensar en eso y me tomo unos momento más para relajarme, sueño en la ducha con el hombre que unos momentos se quedo pendiendo de mis sueños eróticos. Mientras lavo mi cuerpo y veo la espuma caer, siento que en mi cabeza un éxtasis que hace que mi cuerpo se estremezca. A punto de caer al suelo y con jabón en mis ojos, me reincorporo y termino de asearme.
Me visto, uso nada en especial pero me preparo como si lo fuera, me peino meticulosamente, uso mis artilugios de belleza, cubro imperfecciones con secretos que he ido adquiriendo, me perfumo y bajo a desayunar. La cocina desierta me entristece, pico los sobrantes de comida y mordisqueo una manzana que me hace recordar que hay una ilusión palpitando en mis entrañas, sonrío tímidamente y camino a alistar mis cosas diarias, tomo mi mochila y cubro mis manos con unos guates que hacen juego con la chamarra cazadora y mi bufanda preferida, al colocármela aspiro el aroma de mi perfume de fiesta y me da una nueva palmada de alegría y ganas de andar de nuevo.
Tomo mis audífonos y sintonizo una de las canciones que he memorizado de tanto escucharla, el ritmo me hace andar con brío especial, salgo y aún el frío cala hasta mis huesos, humecto mis labios con bálsamo y estoy listo. Me dirijo andando a la usual parada de camiones qué se ha vuelto parte de mi rutina. Algo me dice que este día será especial. Abordo el camión y afortunadamente hay un espacio disponible. A mi lado, un joven buen mozo, trigueño que revitaliza mis hormonas, sonrío discreto para mi interior rogando tener una oportunidad de siquiera tocarlo, rozarlo; la música guía mis pensamientos, la adrenalina de lo nuevo me invade y siento como sin querer nuestras piernas se rozan inocentemente, ¡no hace tanto frío después de todo!
Camino delante, el chico tiene que descender porque su destino ha llegado, me pide amablemente que le de permiso. Me levanto, dice gracias y sonríe pícaramente, al contestar, coquetamente se aleja y muere otra oportunidad para mí. Nuestro rumbo no es el mismo. Sigo mi recorrido habitual y veo la misma gente, los mismo lugares, el mismo yo. Al llegar a la terminal, prendo un cigarro mientras camino sin pensar siquiera en hacerlo a la siguiente aventura, el metro de la cuidad.
Termino de fumar e ingreso al subterráneo, saco mi pase de abordar y camino hacía el andén de siempre, volteo a mi alrededor y me instalo en el mismo lugar de todos los días, esperando con lo más profundo de mi ser, que el siguiente tren, dentro de sus puertas, traigan algo nuevo, algo para mí. Al llegar y dejarme ver su interior, no descubro nada interesante, mundos no tan distantes pero si independientes del mío, abstraídos en sus propias preocupaciones, me desilusiono un poco… suena el timbre que avisa su partida de la estación y justo antes de ser atropellado por la puerta, un hombre de traje muy atractivo entra al vagón.
Un poco apenado finge normalidad, yo lo escaneo dos o tres veces, nota mi mirada y voltea, se incomoda, y al tomar de nuevo posición lo descubro mirándome curiosamente por el reflejo de la puerta en el túnel negro y la claridad del interior del carro. Cambio de posición para dejar que me analice a su gusto, mientras tanto mis ojos se cruzan con otro hombre, un poco más joven, diferentemente atractivo, nos piílla en el acto y me mira en confidencia y envidia.
Los juegos de miradas son normales entre las personas que viajamos en trasporte público, nos da la oportunidad de ir intentado, conforme avanzamos a nuestro destino, de imaginar y descifrar la vida del que nos acompaña. Así lo hacemos, con prejuicios, envidias, criticas, lujuria y demás, pero siempre es lo mismo, pequeñas píldoras de emoción, lo que hace divertido un viaje tedioso y aburrido.
Llego a mi universidad, veo la misma gente, autómatas del estudio, máquinas competitivas y con poca emoción. Camino entre todos ellos buscando alguien con quien identificarme, encuentro a mi gente, con la que sensibilizo mejor y a pesar de los pocos minutos al día para bromear y compartir la hostilidad, gloria y triunfos de nuestra vida que no ha sido mucho más interesante que ayer, puedo darme un respiro. De nuevo solo, recorro los salones en busca del mío, en busca de mi amor escondido, ¿amor? No quise decir mi gusto, un hombre que ilumina mis días fríos, con el espejismo mental que hago de sus besos, otro razón más hacer mi día bello.
Salgo de clases, solo, aburrido, hastiado y con más cosas en la cabeza que me alejan más de seguir soñando, pero con la esperanza de llegar a mi refugio, cargar pilas y seguir. El recorrido de vuelta es mismo, sólo con un toque distinto, la gente viene más distraída, más ansiosa, más caliente. Bajó antes para tomar una ruta alterna, fumo un cigarro y tomo un café en una cafetería de paso. Dentro un hombre que leía un libro que yo había leído ya, me mira de reojo, le hago un comentario acerca del libro, agradece con una sonrisa y una afirmación, nos decimos salud. Me levanto y camino despacio por las calles, quiero avanzar un tramo a pie y pensar. Soñar despierto.
Mientras avanzo por calles no muy transitadas, recibo una llamada telefónica, uno de mis mejores amigos, pregunta por mi estado de ánimo, cómo estoy, qué hago y hacía donde voy, bromea un poco y... nuestras rutas son paralelas, nos citamos y colgamos. Al llegar lo abrazo fuertemente, platicamos de día que tuvimos hoy. Sus palabras me despejan la mente y me hacer divagar con él. Viajamos a un mismo punto. Tenemos caminos parecidos.
Al llegar a nuestro hogar, que es cercano, nos despedimos con unas buenas palabras que alimentan mi desnutrida alma, lo abrazo una vez más, lo beso y lo bendigo siempre. Regreso a casa me siento en mi computadora y mientras tomo una taza de té de canela, escribo esto. Sólo para darme cuenta de que me quiero mucho, que agradezco las cosas buenas de la vida, que amo la vida, a mi familia, a mis amigos, a mis ganas de vivir, me amo mucho.
Termino de hacer mis cosas, apago la computadora y me dispongo a dormir, apago la luz y me meto dentro de las cobijas, me acomodo y me acoplo a la frialdad del desuso de mi casa. Mientras el calor se va haciendo presente y el sueño me vence, empiezo a divagar de nuevo, a cavilar, alimentar una esperanza reconfortante, a cargar las pilas para vivir la vida lo mejor posible, porque si hay un momento mágico en mi vida, el día de mañana quiero estar en las mejores condiciones de vivirlo.
Felicito nuevamente a la gente enamorada, pero quiero hacer hincapié en algo, “antes de poder amar a los demás, nos tenemos que amar a nosotros mismos”
Ese amor es el que descuidamos, el que no nos hace sufrir, el que nos mantiene vivos, respirando y nos da la oportunidad de amar.
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada