El insolente repique de tu alarma te despierta después de una larga noche de tanto pensar en él, cansado y sin ganas de levantarte, te quitas las cobijas adheridas a tu cuerpo sudoroso; extiendes el brazo y alcanzas dificultosamente el aparatillo gritón que te despertó unos segundos antes. Sin malhumor pero un poco estresado, ves el reloj y te das cuenta que es casi media mañana y tienes que salir corriendo porque te espera un largo día.
Sacudes la cabeza para quitarle la pereza y te miras al espejo, te dices “no estoy tan feo” y con una mano bajas tus calzones hasta el piso y con la otra recoges la toalla más cercana para dirigirte al baño. Enciendes las llaves del agua y te hipnotiza el sonido del agua chocando contra el azulejo, el vapor se hace presente y empieza inundando la habitación como una capa de humo imperceptible, te sientes cálido y desnudo en la mitad del baño y llega el primer pensamiento de él del día.
Abrumado y repleto de vapor, metes la primera pierna en el agua y regulas la temperatura al gusto, tienes sólo diez minutos para bañarte todo el cuerpo, que llevas ejercitando desde aquél día fatídico, como terapia ocupacional. El agua te reanima y energiza, tomas nuevos aires y sonríes a la vida, por la ventana, notas que el día está soleado y que puedes ocupar tus gafas para el sol. Tomas tus jeans de batalla, los combinas con una playera y unos tenis e intencionalmente olvidas el cinturón para que tus nalgas detengan el efecto de la gravedad sobre ellos.
Te pones un poco de bloqueador solar por eso de que estarás varias horas bajo el sol, un poco de colonia (tu favorita) por aquello de los acercamientos cotidianos, peinas tu cabello de la forma habitual tomas tus cosas, pero como es viernes y tienes el día repleto, tienes que ser compacto sin olvidar lo necesario. Una revista para el aburrimiento, tu universo musical, una pluma por aquello de tu afán de escritor, tus gafas, dinero, algo de comer, una botella de agua, cigarros y dulces. Listo para salir de casa.
Al salir a la calle, en efecto, el sol es abrazador como lo pensaste desde el baño, te colocas tus gafas oscuras que te dan un look mucho más enigmático, caminas por la calles aledañas a tu casa rumbo a tomar el trasporte público para llegar a tu primer destino, la redacción de un grupo editorial donde trabajas como corrector de estilo, haciendo tu servicio social.
Todo trascurre normal, como cualquier viernes al medio día, no hay mucha gente en la calle; en el asfalto, la suciedad acumulada del resto de semana se hace evidente, la gente pasa sin mirar, al exterior en sus autos, a toda velocidad por las avenidas más transitadas de esta cuidad desaliñada pero culturalmente diversa. Atraviesas dentro del colectivo aquella zona industrial de la cuidad, el olor a cerveza que viene del interior de una fábrica llena el ambiente de una manera grotesca y pestilente, miras por la ventanilla para tropezarte con vendedores ambulantes y gente mendigando por unos pesos, te repugna ver la zona pobre de tu cuidad.
Al llegar a primer destino, el metro de la cuidad, decides que no estás de humor para la oscuridad del subterráneo y por el contrario caminas unas cuadras más para tomar el metrobús y seguir disfrutando del sol, pagas unos pesos más por el viaje y te introduces a la moderna obra pública. Te topas con todo tipo de personas, desde ejecutivos de ventas que pasan todo el día afuera en trajes para hacer labor de venta casa por casa, hasta chicos universitarios, enamorados, amas de casa y personas atadas al celular, personas que como tú, tienen prisa por llegar sus destinos. Mientras atraviesas la cuidad, por la avenida Insugerntes, nuestro meridiano de Greenwich, ves como los colores de la cuidad se van difuminando por zonas.
Las texturas van cambiando con forme te desplazas, sin moverte, hasta que llegas a tu primera parada La condesa, la zona más kitsch de la cuidad, donde bajas del metrobús y observas lo ecléctico que fue tu viaje. Caminas calles adentro por el parque México y llegas a una puerta que parece todo menos una oficina, tocas el timbre y el zumbido del interfon te da acceso. Subes dos espirales de escaleras hasta el segundo piso donde se abre una puerta interior y el sonido de los teléfonos repicando y el ajetreo de la gente trabajando te estropea el ensueño. Llegas hasta tu lugar de trabajo y enciendes tu computadora personal, te quitas las gafas y acomodas tus cosas mientras revisas tus pendientes anotados en mil y un post-its de colores llamativos; tomas asiento y volteas hacia tu escritorio y vuelves a pensar en él.
Después de unos segundos de enajenación, regresas por arte de magia y te dedicas al trabajo que tienes para hoy, tienes que salir temprano porque la escuela te espera. Tu trabajo te frustra un poco porque siempre has querido publicar una historia que tienes guardada en un cajón, y por miedo al rechazo no la has movido en el mundo editorial, encima de eso, tienes que revisar y corregir historias de otros que, valientemente, se atrevieron mucho antes que tú, sin embargo, no son mejores que la tuya.
Durante horas, batallas con letras y palabras que no cuadran según tu gusto: borrar, reescribir, volver a borrar y reescribir de nuevo, cosa que haces de manera casi automática, te dejan exhausto al terminar el día. Como reloj suizo tomas tus cosas, siempre y a la misma hora, y sin detenerte más de lo necesario sales corriendo de ahí y te enfrentas nuevamente a la cuidad, ya un poco más tarde, sales y la luz del día se extingue dejando un fenómeno moderno y espectacular, las luces se van encendiendo de manera coreográfica a medida que la oscuridad se adelanta por cielo hacia el poniente.
Retomas tu camino ya sin gafas y con suéter puesto por aquello del fresco de la tarde, tomas el metro, que a esa hora, está menos congestionado; la gente que aborda contigo está harta, el fin de semana se empieza a notar entre la más joven, pero para ti, es sólo la mitad del viaje. Viajas en contra corriente por lo tanto es más rápida tu llegada a Ciudad Universitaria o como le dices desde que entraste, el rostro de las ideas de esta cuidad. Caminas a tu facultad y no ocupas los servicios de transporte porque quieres cavilar, en ese justo momento, pasas por los recién regados pastos verdes y vuelves a pensar en él.
Distraído caminas entre los edificios ya que escogiste el camino más largo para llegar a tu salón, ves pasar gente tomada de la mano y te recuerda los ayeres no muy lejanos que pasaste con él, en esos mismos lugares, aquellos besos robados, abrazos efusivos y promesas invaluables que se volvieron añicos cuando el adiós apareció maldito.
Las aulas ya iluminadas artificialmente anuncian que estás cerca de tu salón de clases, algunos gritos y carcajadas rompen tu trance musical que encierra a tus ideas en un universo alterno, dónde tú y él viven juntos… pero él ya no está, entonces… Piensas otra vez en él. Tomas un respiro profundo, sales del letargo y finges una cara bonita con una sonrisa, al fin y al cabo tus compañeros no tienen la culpa que tú estés melancólico… -¿Cómo estás?- Decían ellos. -“Cansado“- contestas, aunque quisieras decir, triste y apachurrado. Pero tienes más ganas de seguir adelante con la tarde que no te lo permites. Es algo muy personal que te guardas para ti, para tu soledad y ratos libres.
Llegas a clases y te abstraes las cuatro horas que duran, te pierdes en aprender todo lo que puedas, tienes lo mejores maestros, tienes todas las ganas para que, entre rayones de tu cuaderno, dónde nos hay más que pensamientos y palabras sueltas, sentimientos plasmados en tinta y letra e ideas anotadas para la posteridad; encuentras su letra, una caligrafía infantil, muy redondeada y legible, es ahí cuando vuelves a pensar en él. Por segundos.
Sales al pasillo y buscas algo que comer, llevas casi todo el día afuera y no has probado más que chicles, cigarro y mucha agua simple, pero nada sólido desde la madruga de ese mismo día, ya que como te sientes solo, tiendes a comer en la penumbra de tu cuarto a solas, pensativo. Encuentras chatarra que te llenará momentáneamente, tomas más agua simple y fumas un cigarro; justo antes de tirar la colilla, volteas hacia atrás, a lo lejos ves aquel lugar recóndito donde solía esperarte cuando salías de clase. Ahí, justo ahí, vuelves a pensar en él.
Llevas mucho tiempo fuera del aula, entras y terminas la lección un poco más desquebrajado que cuando llegaste en un inicio. Terminas tu primera clase y para la segunda, la inactividad escolar te estresa y quieres salir corriendo faltando una hora para terminar, sientes ansias y desesperación. Tratas de poner atención, pero la última hora se vuelve insoportable, a pesar de estar muy entretenida tu clase. Su recuerdo se hace más constante por las primeras horas de la noche. Buscas desesperadamente ayuda en tus amigos, pero como te has alienado en soledad, todos tienen planes, hasta que recuerdas que tienes una fiesta. Caminas lo más a prisa que puedes para ir a metro por ahí de las 10, te espera un largo y oloroso regreso a casa. Ansioso y acalorado, ya un poco pestilente a amargura, tomas asiento, sacas tu revista y te hundes entre más letras y más música.
Al llegar a la primera parada, recuerdas que es muy noche para tomar esa ruta de regreso, ha trascurrido más de cuarenta minutos desde que viste el reloj. Tomas una ruta alterna más larga pero segura y llegas media hora después a tu casa; muy desganado dejas tus cosas sobre la mesa de siempre, buscas algo para comer en el frigorífico para no encontrar nada dulce, estás empezando a deprimirte. Empecinado ya en no salir, tus amigos llaman para confirmar que saldrían, al escucharte así, te convencen de salir a última hora, te cambias la playera, perfumas tu cuerpo otra vez, retocas el peinado y cepillas tus dientes, te ves al espejo, tienes otra actitud, quieres otra aventura. Y es justo, cuando estás tomando tus llaves y buscando dinero entre los cajones, después de por un segundo olvidarlo y recuperarte, piensas otra vez en él. Esta vez menos que antes. Dices que será la última vez de la noche.
Sales cerca de la media noche y tus amigos están en la esquina con sus mejores atuendos para el antro de moda, te notan cabizbajo y te animan con sus comentarios y bromas poco sutiles acerca de tu relación pasada, sonríes y caminas con ellos, la cuidad está más tranquila en las zonas de oficinas, escuelas y plazas comerciales, pero los restaurantes, bares y antros empiezan a llenarse, para no parar hasta la mañana del siguiente día. Miras por la ventana la noche estrambótica de zona rosa, observas la diversidad de gente, ya no hay ni un solo menor de edad por las calles y huelen todas a una fragancia distinta, según el humor del transeúnte.
Bajas del auto nervioso de estar vulnerable por la nostalgia y tener tentaciones tan suculentas alrededor. Tus amigos te animan y caminan juntos por las calles dejando su propia estela de aroma, tomas un poco de cordura y caminas seguro, presumiendo ya lo que traes para dar esa noche, ya no importa nada más ya no estás pensando en él. Aún.
Se acercan al antro de moda… o no, pero es que les apetece esta noche, la música y los chicos son muy de tu agrado. Entras un poco desconfiado, pero con la guardia arriba, sino consigues nada esta noche, no hay problema, tú vienes a divertirte con tus amigos, te justificas dándote un poco de valor. La música te explota en las entrañas, por la energía alrededor, los cuerpos se rozan al milímetro unos con otros y te excita el solo hecho de pensar que son desconocidos, unos lindos desconocidos. Tu mente revienta en la fiesta y te olvidas por largos momentos pensar en él.
En aquellos momentos de elevación, tu cuerpo reclama ir al baño, en otras circunstancias sería lo más indicado para darte una vuelta por el lugar y observar del todo a la gente que asistió esa noche y tal vez escoger a alguien, te dan nervios, otra vez, el hecho si quiera de pensar en moverte, ninguno de tus amigos quiere ir contigo, tendrás que hacerlo solo; visualizas tus mejores épocas de conquista y avanzas decidido, pero al dar un paso los siguientes se vuelven menos firmes. Atraviesas entre la gente, cabizbajo, y al llegar al baño tendrás que esperar, ya que mínimo otros diez están antes que tú. Mientras te ves en el espejo pegado a la pared, observas ahí, un chico muy bien formado, de estatura media, y unos jeans entallados, viéndote… volteas hacia él y lo ves a los ojos como cerrando el trato.
Es tu turno, entras al mingitorio y él lo hace detrás de ti, intenta ver que traes debajo de los pantalones, te sorprende un poco, apenado te cubres y piensas que es muy rápido para hacerlo de nuevo, apenas han pasado dos semanas; terminas, caminas a los lavabos y te miras al espejo durante unos segundos mientras piensas en lo vulnerable que te sientes, ya no eres tú… y cuando menos quieres pensar en él, lo haces, esta vez un poco más amargamente. Sales de baño y sientes que el hombre te persigue a través del lugar. Entre luces brillantes, oscuridad y humo artificial regresas con tus amigos sintiéndote más seguro.
Te pones a bailar y te refugias un rato más en la música que ensordece todo pensamiento de él. A cada rato ves a tu alrededor al chico del baño rondándote, y cuando por fin decide acercase, te sientes feliz por el triunfo pero con la cabeza pesada, se acerca a tu cuerpo pero giras 180° y quedas de espaladas, sientes como sus manos toman tu cintura y lentamente levantan tu playera hasta dejarte el torso desnudo y a placer. Te hace girar para tenerte de frente, te toma por la espalda y te pega a su pecho, peludo y definido, se mueve sensualmente y el contacto con tu piel excita tus neuronas, sigues el juego y el calor aumenta. Ya no piensas en él.
La sensualidad de los movimientos entre ambos se convirtió en decepción, empezó a hablar, a preguntar “cómo te llamas, cuántos años tienes…” el anonimato y la emoción de lo nuevo lo hacia mucho muy excitante para ti, pero ahora esto rompía la magia, no querías involucrarte con alguien más, no estás listo. Pero esa situación era inevitable…
-¿Podemos simplemente bailar?
Al decirle esto, el chico se aleja dejándote solo, a pesar de ser una despedida dolorosa, fue tu decisión… no importa regresará, tratas de convencerte pero él no lo hace. Es entonces, cuando en tu cabeza, llena de bruma, empieza a precipitar un aguacero de ideas, te mareas y tomas asiento para relajarte, estás muy alterado, volviste a pensar él, esta vez mucho más angustiosamente.
Casi al ritmo de la música te hundías en pensares que no sólo te desconectaban de la realidad del antro, sino que te hacen sentir estragos físicos como mareos y malestar. Tus amigos te animan, sin siquiera saber que te sucede, retomas el beat del lugar, vibras con exaltación discreta, piensas otra vez en él, esta vez mucho más tranquilo. Caminas a un lugar menos concurrido y oscuro para poder retomar el aliento, encubrir tus caras y regresar. Cuando sientes una mano que te abraza por detrás y te estruja ligeramente para sí, sientes fuerza, más no dominación, la duda te emociona y no volteas para no terminar con el juego.
Sientes como su nariz jala el aroma de tu pelo, es considerablemente más alto que tú, brazos anchos y peludos, te endereza la espalda y sientes su pecho, te levanta con más fuerza para despegarte del suelo, un suave golpe en tu abdomen hacen que truenes desde el interior, para que, conforme decrementa la presión recibida, vuelvas a tu posición original. Sientes que la cabeza hizo implosión y una nueva energía te llena los huecos vacíos en tu cuerpo. Volteas a ver detrás de ti, y ya no está… una píldora para tu dolor de cabeza, eso mismo fue. Esta vez, ya no pensaste en él.
Para cuando la energía de este encuentro se hubo estabilizado, era casi hora de irte. Tenías ganas de más, suplicabas en silencio que no se terminará, nunca de ser posible; tus amigos te encuentran después de un rato de preguntarse dónde estabas y buscarte entre conmocionados y mareados, con una cara de suplica, y sin decir una palabra, sabes que ellos también quieren más. Salen corriendo casi, para alcanzar la última hora de entrada para un antro un poco menos elegante, pero igual de divertido, sabes que mucha gente de esta fiesta estará allá. Al llegar al lugar, las ansias son tales que tal vez ya no piensas en él, sólo piensas en seguir.
Ya son cerca de las 6 de la mañana del sábado, piensas que es muy temprano para parar, aún así sigues bailando, solo, porque ya no te interesa la compañía de nadie, de hecho el cansancio se empieza a notar en ti, tus movimientos ya no son tan elocuentes como al principio de la noche, tus amigos ya están hartos también, pero algo les impide detenerse. Después de un tiempo de bailar sin bailar, de sentir sin sentir, deciden que es hora de irse a casa a descansar, salen a la calle y el sol va levantándose sobre la cuidad dormida. Muy pocas personas están despiertas y las que lo están los ven raros, ya que su aspecto no es el mejor.
Atraviesas la cuidad en el trasporte público que un día anterior arropó tus pensamientos, sentado viendo a la calle a través de la ventana, ves el movimiento de la cuidad que empieza a ocurrir lentamente mientras avanzas. Bajan de allí, abrumados por el sol, aturdidos por el silencio de la cuidad (silencio comparado con la música ensordecedora del lugar anterior); caminan más allá de una avenida rápida y feroz, cruzan un puente peatonal, por ser sábado por la mañana no hay trasportes donde usualmente hay, encuentran uno vacío y abordan en silencio.
El sueño te va venciendo durante el trayecto, lento, hacia tu hogar, las cosas familiares no lucen tan familiares bajo tu óptica de desvelo y cruda emocional, y justo cuando estás apunto de declinar la aventura y reducirla a una noche menos (no más porque no fue sobresaliente), algo hace vibrar tu cuerpo, literalmente. –“Hola, ¿cómo estás? Me llegó un rumor y quiero saber si estás bien.”- un mensaje de texto… ¿de quién? ¡De quién estuviste evitando toda la noche y el día anterior, como todo los días y todas las noches desde hacía ya un tiempo.
-Rumores… bah’… siempre lo mismo.- desistes de contestar, guardas el celular en tu bolsa y vuelves a tu ensimismamiento, piensas por primera vez en la mañana en él, esta vez mucho más molesto.
Llegas a tu casa y no tienes ganas más que de tocar tu almohada y dormir, ya no pensar, ya no sentir, morir sin dejar de vivir, estás exhausto, tu cabeza te da vueltas, el corazón te palpita fuerte, tu estómago gira sin control, estás mareado. Subes las escaleras que te llevan al segundo piso, encuentras a tu mamá en pijama, dirigiéndose al baño, tu padre ya no está, fue a trabajar, las labores cotidianas empiezan para los demás mientras que para ti, van terminando.
Saludas, abrazas a tu mamá buscando confort y recibes un abrazo cariñoso, que no te es suficiente. Entras a tu recamara y divisas todo el desorden que dejo tu salida apresurada la noche anterior, quitas los obstáculos de tu cama y te sientas a quitarle la ropa apestosa a sudor, sacas el celular del pantalón y al ver la hora (7:35am) revisas el mensaje una vez más, ¿buscas alguna respuesta? Piensas otra vez en él, esta vez mucho menos amargado sino esperanzado.
Renuncias a la idea por última vez, recargas tu cabeza en la almohada, te prometes paciencia un día más, te dices: “no voy a volver, no tengo ganas, estoy asustado de regresar a sentir, no caí muy hondo, pero costó salir, ya no confío…” hundes tu cara entre las cobijas, abrazas tu cuerpo desnudo y caes profundamente dormido. Ya no piensas en él, esta vez lo sueñas, mucho más felizmente.
¿Cuánto tiempo es necesario para olvidarte?... ¿Qué hay de ti? ¿Cómo has estado…? Yo simplemente te extraño…
22/03/09
Hoy por hoy, ya no es lo mismo,
Tu recuerdo se va desdibujando,
¡No insistas más… ya no eres en lo que pienso!
Esto es parte de mi exorcismo.
2 comentarios:
hey hey psss la verdad
me gusto mucho komo eskribes, jejejee
sigue asi vale
kuidate bye bey
wow niño simplemente genial!!!!!
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