viernes, 3 de julio de 2009

A Prisión-Ado

- ¡Hay Redada!-

Escuché, aún entre la música a todo volumen y el ruido de un antro en plena actividad, instantes después, aún sin recuperarme del sobresalto anterior, la música se detuvo abruptamente y la gente que seguía bailando, drogada, se espantó y pusieron caras de asombro y empezó un frenesí de horror.

Todo el mundo corría para todos lados, vestían su torso y corría a las salidas de emergencia, dónde eran interceptados por la luz solar y agentes armados. Tuve pánico. Sentí como una mano me jalaba fuertemente a la parte posterior, escondiéndonos entre más personas asustadas.

-¡Agáchense! No digan nada y vacíen sus bolsillos, seguro buscan más droga. Se murmuraba entre la multitud compungida.

Me retire los lentes oscuros y al dar una vistazo a mi alrededor, un chico se convulsionaba entre nosotros. -¡Ayuda!- gritaban, el miedo se volvió pánico, un pánico que nos hacía sudar frío. “Bendita la hora” pensé, dos agentes se acercaron y lo sacaron cargando. –Putos drogadictos,- se burlaron- llévenlo a la ambulancia.-

Volteándose a nosotros -¿Alguien más quiere bailar como su amigo?- abracé fuerte el brazo a mi derecha, y él hizo lo mismo. Mis amigos no estaban, no los veía, estaba totalmente solo.

- Pónganse de pie y hagan una fila.- Una voz dijo rígidamente y mil y una más la siguieron en gritos y amenazas, yo pensaba sólo en dónde podrían estar mis amigos. Mi fila avanzo y conforme llegaba a la puerta de emergencia, todo lucía diferente, las luces estaban ya prendidas en su totalidad, y la gente que bailaba conmigo estaba amordazada en el suelo.

Los “dealers” salían escoltados por varios oficiales, y yo seguía caminando fuera, me puse los lentes otra vez, eran las once de la mañana y el sol estaba a brillando, mucha gente morbosa, miraba y criticaba el retén. Mucha más gente se juntaba alrededor de las ambulancias, varias, y al salir del lugar nos separaron en tres grupos.

Una vez divido, me encuentro a mi amigo. Y nos abrazamos asustados.
- ¡¿Cómo estás?! ¿Te hicieron algo? ¿Qué pasó?- me bombardeó con preguntas.
- Asustado, no estoy “bien”, no sé que pasó, ¿qué nos van a hacer?- pregunté y temblé por espasmos de varios segundos.

Nuestro grupo se volvió a mover y como borregos asustados fuimos detrás, en silencio observando y tratando de reconocer personas y darnos más solidaridad, nos subieron a varios camiones blindados, me quedé solo otra vez, mi amigo se fue en un camión diferente.

Desconcertado, miré como se cerraba la puerta del camión e inundaba la oscuridad, varios lamentos y maldiciones se escucharon entre las lágrimas de dolor y arrepentimiento. Otros tantos intentaron mover las influencias que tenía, sacando su celulares, pero en ese instante…

-Apaguen sus equipos celulares, están bajo arresto y no pueden hacer ninguna llamada, repito, apaguen sus celulares, están bajo arresto, no me obliguen a retirárselos.

Coreografiados, todos sacamos nuestro celular y lo apagamos, lo guardamos otra vez y nos quedamos totalmente en silencio por segundos, tras cerrarse la puerta otra vez, todos empezaron a preguntar qué pasó y por qué.

Yo pensaba en que diría en mi casa, mi cabeza daba vueltas ocasionadas por la preocupación, el miedo y las metanfetaminas. Pude notar que nuestro grupo éramos jóvenes de entre 18 a 23 años, la gente mayor había sido separada y segmentada al igual que el resto de nosotros.

Cuando llegamos a lo que parecía un ministerio público y nos pidieron sacar nuestras pertenencias y ponerlas en sobre la mesa y desnudarnos. Mientras lo hacíamos, pensé que está limpio, pero recordé al instante de sacar mi cartera, que había guardado dos nenas dentro, me ericé.

Para cuando el oficial, el joven oficial, moreno y de lentes oscuros, parecía sacado de un cuento vaquero, igual de intimidante como atractivo; se puso frente a mi y me empujó hacia atrás, abrió mi cartera y saco la bolsa con las tachas dentro.

Enojado brinco casi la mesa y se acercó a mí, me tomó por el cabello y sonrió.

-Este no fue tan listo, sáquenlo de aquí y llévenlo a mi oficina.- tenía un cargo… atemorizado y más incomodo por las miradas entre lascivas y de lastima. Un oficial me aventó mi ropa y como pude me tape y caminé entre pasillos hasta una oficina vacía y fría.

Apenas e intente ponerme mi ropa interior la puerta se abrió de golpe y abruptamente el oficial entro y sin mirarme dijo -¡Ni lo intentes, de nada te va servir!- sin expresión en la cara lo miré ya en de pie, recargado en su escritorio, presumiendo el tamaño de su hombría.

- No es necesario esa cara, bien que sabes que hacer.- no sé si impresionado por la oportunidad de limpiar mi nombre y salir sin registros y por la puerta grande, o por lo atractivo que me resultaba el hombre enfrente de mí, eche la cabeza para atrás y quise pensar claro, pero no pude.

- Por la expresión en tus ojos sé que no estás sobrio, pero también sé que es una experiencia fuera de este mundo para quien lo hace en ese estado.- de su pantalón saco mis tachas y enseñándomelas dijo con una expresión siniestra… -¿compartimos?-

A punto de molestarme, recapacité por un segundo y dije:
- ¿Qué obtengo yo de esto?
- ¿No te basta la experiencia de hacerlo?
- Ya lo he hecho así, - mentira – eso no es ganancia.
- ¿Quieres que te deje absuelto, es eso verdad?
- Pues sí.
- Eso lo veremos después.

Entre cada palabra, la distancia era menor y menor, hasta que al decir “después” me tomo agresiva pero indoloramente por el cabello, una vez más, pero ahora me besó y agarró las nalgas, abriéndolas e introduciendo un dedo por la justa mitad.

Mi cabeza explotó entre lujuria, deseo carnal y mucho éxtasis, perdí control de mi cuerpo y me fundí en sus manos toscas, calludas y ásperas, la sensación es indescriptible. Me separó apenas y abrió la bragueta de su pantalón azul entallado y de sus boxers blancos sacó su miembro erecto y ligeramente delicioso hacia la izquierda.

Lo engullí sin preguntar nada, me sabía a caliente y punzante. Con ganas de reventar en mi boca, cuando mire hacia arriba a ver su expresión de deseo, éste ingirió una tacha y masticándola como un experto la trago sin hacer muecas.

- Te gustan de las buenas.- dijo y sin más me besó con ese sabor amargo en su boca, le pedí la otra y con un gesto de “insaciable” en su cara, la partió a la mitad y me dio una mitad y trago la otra. Me volteo en se que su torso se restregara por mi espalda.

Rompió casi todos los botones al arrancarse su camisa y me dejo ver debajo un cuerpo definido y duro como su aspecto y sus modos. Con su cuerpo delineado con cincel, recorrió mi espalda, que para ese momento estaba bañada en sudor, me hacía explotar cada milímetro recorrido.

Su pene rozaba mis nalgas desnudas y rosadas por el contacto con las sillas de ministerio, estaba tan sensible que hasta el más mínimo y suave movimiento era elevado a la décima potencia.

El dolor no dolía, sino ardía, ardía en un fuego que no quema sino carcome, un fuego que viene de dentro; cada movimiento de él (dentro-fuera) acompañaba un espasmo involuntario de placer mío. A mi me parecieron años, tal vez fueron segundos cuando sentí dentro su caliente y gruesa arma.

Me penetró a placer, yo sólo sentía, mucho, mucho sentía y no podía más que gemir fuerte y poner los ojos en blanco, su mano, la que no sujetaba mi cadera me tapo la boca con fuerza presionándola hacia sí para contener mis gemidos y no fuéramos descubiertos.

Mientras me sometía, yo quería liberar mucho de lo que sentía por dentro y mordí la mano de mi oficial. – ¡Te gusto duro! Ahí te va…- y arremetió mucho más constantemente y parecía bailar dentro de mí. Para cuando estaba subiendo de intensidad el acto, el se sacudió desde los pies hasta la cabeza, creo la tacha le explotó.

Sus movimientos se hicieron más suaves pero no menos fuertes, ahora también estaba sobrexcitado, cambio de posición, me llevó a su escritorio y me tumbó en su silla, se agachó y comió mi sexo desde la punta hasta su base. Cerré los ojos y me deje llevar.

Para cuando desperté, el estaba terminando y se separó de mí, me beso y se vistió, me aventó mi ropa y en la puerta de su oficina se volteo y dijo:
- Voy por tus cosas, te llevo a casa.

Me vestí conmocionado aún, temblando, para cuando terminé, el oficial apuesto estaba de regreso con mis cosas en las manos; las guarde y me abrazo y salió platicando como si nada hubiera pasado.

-Bueno, espero hayas aprendido la lección hijo, no tienes que estar metido en esos lugares. Yo lo llevo- decía mientras caminábamos fuera del lugar, por la puerta principal- ¿alguna otra cosa en la qué te pueda servir?
-¡Mis amigos! ¿Dónde están mis amigos?
- … mmhm, espera…- se acercó a la barra con el hombre uniformado detrás, hizo uso de su poder... saco un folder, abriéndolo dijo:
- ¿…Nombres?-