Sueños de tren.
Viernes, casi a media noche, iba caminando por las afueras de Buenavista, a pesar de la hora, el congestionamiento de personas era razonable, mi trayecto era largo, mi regreso a casa suele ser poco divertido; casi esquina con Insurgentes, giré a la izquierda y me introduje en la moderna terminal del tren suburbano.
Cada que piso esos corredores, agradezco el hecho de su novedad y la poca afluencia de personas, miro el reloj y apresuro el paso, si mis cálculos no se equivocan, el último tren está por salir. Los andadores son lustrosos, blancos aún. Las máquinas de servicio, sirven a la perfección, los suplementos como el limpia botas y la maquina de recarga para el celular, son la novedad y el distractor de muchos.
Recargo mi tarjeta y la paso por el lector sensible que me cobra la primera parte del precio total, camino por el largo andén revisando con los ojos un lugar disponible… ¡oh, sorpresa! No hay nadie, bueno casi nadie. Sin importar, camino más hacia delante, mi salida futura está al principio del tren. Tomo asiento junto a la ventana, oscura, de noche esos cristales son reflejantes.
Cierro mi chaqueta y abrazo fuerte mi maletín, que sirva de referente de un alguien a quien abrazo. Dormito sobre mis brazos y cuello, cierro los ojos y pienso por un minuto, sólo un minuto en nada, suspiro, y para cuando todo el aire hubo salido de mi pecho, un sobresalto me despierta. Era un joven que venia corriendo para que no se le cerraran las puertas en al cara. Agitado se sienta a unos lugares de mí.
Después de escudriñar su figura con los ojos, pude deducir que hacia algún tipo de ejercicio ya que su cuerpo se veía definido y fuerte, ¿Tal vez teatro, danza, ballet? No logre concretar, sus ojos verdes y su pelo claro y ensortijado captaron mi atención. Su cara sin rasurar por al menos dos días, sus ropas desgastadas y sudadas, sus ojos siempre soñadores y esas pestañas claras pero abundantes, me conquistaron.
Creo no fui discreto, se ruborizó al ver mi cara de morbo. Volteó la cabeza de un lado a otro, una y otra vez asegurándose… ¿de qué?... –Solos- dijo –estamos solos- cruzó los tres o cuatro pasos que nos separaban, se sentó frente a mí y dijo –Me llamo Horacio- se sellaron las puertas como su boca al terminar de decir su nombre.
El tren por fin avanzó, me quedé mudo, se quitó su chamarra y dejó que corroborara mis antiguas especulaciones, si tenía un cuerpo definido y duro. -¿De dónde vienes tan guapo? ¿Del trabajo, de ver a alguien?- no pude decir más que balbuceos sus labios me atraparon dentro.
-Del trabajo, ¿y tú? Ya es muy tarde para que un jovencito como tú venga solo.
-Estudio Artes Escénicas, tuve ensayo hasta tarde, ¿tomas el tren muy seguido? Jamás te había visto, y créeme lo recordaría. – me ruborizó.
Acto seguido, empezó a estirar las piernas recargándose en mi asiento, no supe que hacer o decir, simplemente me extraño. Él continúo hablando yo no entendía ni una sola palabra, no prestaba atención más que a la forma de su cuerpo y las figuras que hacia con él. Imaginé una escena sexual y me perdí en ese pensamiento hasta que al incorporarse, su cara quedó a unos centímetros de la mía. No resistí.
Lo bese, largo tiempo. Hasta que llegamos a la primera estación, se separó y apenado se echó para atrás, -Perdón, no quise…- el tren avanzó otra vez. Cuando hubo dejado la estación detrás se abalanzó contra mí besándome tan sensualmente que a pesar del aire acondicionado me dio calor, nos tomó fuertemente el deseo y nos despojamos de la ropa que parecía quemarnos la piel. Desnudos ya. Recorrí su sexo, su cuerpo firme y olí su transpiración entre amarga y tierna. Me excitó más su olor, que comía a bocanadas enteras.
Mientras lo besaba y con mis labios dibujaba sus pectorales y parte de su abdomen, se agachó y sacó un condón de su morral y se puso en posición dejándome libre visión sobre su interior, sin pensarlo más le quité el condón de la manos, me lo coloqué y lo penetré a placer, una y otra vez, sobre los asientos rojos del tren. De una posición a otra cambiaba como si no fuera la primera vez, se puso de pie y me hizo hacer lo mismo.
Justo cuando lo penetraba y disfrutaba de sus cálidas entrañas, volteo su cabeza hacia el techo a la derecha y me dijo – Mira, una cámara.- poso para la mejor toma, al fin artista del escenario –Alguien nos puede estar viendo- completó y sonrió, cerro los ojos y volvió a nuestro asunto. Olvide su comentario y seguí perdido en su cuerpo, a punto de terminar, el tren llegó a la cuarta estación, y para cuando reanudó el movimiento, yo estaba sumido en un orgasmo. Sudando, despeinado, el atractivo joven se volvió boca arriba y sobre una hilera de asientos, ya no había cuidado, el vagón era nuestro, se mostró provocativo.
Me dejó ver su pene erecto y en su rostro se dibujaba el placer del mío, no pude resistir su color de piel ni la textura de la misma, ese mismo color de cabello rodeaba como musgo el tronco de su miembro, tuve tan sólo unos segundos más para verlo cuando ya estaba devorándolo, me sabía a calor, a un infinito calor, no puedo decir el tiempo o la distancia recorrida, sólo sé que no me importaba.
Sentir su orgasmo en mi boca fue… indescriptible, las palabras no me alcanzan… delicioso, estremecedor. Me tomó de la cabeza me jaló hacia su pecho y me abrazó con piernas y brazos, justo me perdió en una seguridad y una confianza que hacia perdida para mí. Nos quedamos sólo un minuto así… acto seguido, estábamos buscando nuestra ropa. La siguiente estación es mi destino. Mientras nos vestíamos, su mirada era de travesura, de complicidad. Pensé “un extraño… un bello extraño”
Dos segundos antes de llegar a la última estación quise besarlo y su figura se desvaneció en sombras, se desdibujó de entre mis dedos, me espanté, me petrifiqué y escuché la chicharra de aviso, junto al anuncio de arribo. Abrí los ojos y seguía abrazando mi maletín… sudaba frío, estaba de nuevo solo, pero esta vez… despierto.
“Sólo fue un sueño” me pongo de pie compungido, y siento mis truzas mojadas, espesas, “vaya que sueño tan vivido”. Desciendo del tren, camino por el andén vacío, subo las frías escaleras y paso de nuevo mi tarjeta por el censor y cobró mi salida. Cruzo los torniquetes y me encamino a la salida, estaba lloviendo como nunca, me refugio debajo de mi maletín, corro una cuadra y le hago la parada a un taxi, quiero llegar ya a casa.
Al llegar a la seguridad de mi habitación me retiro la ropa y me siento tan avergonzado de haber tenido un sueño húmedo a esta edad, me siento como un niño. Entro al baño y me doy un regaderazo rápido, enjuagué mi vergüenza y seque mi infantilidad. Me meto a las sábanas tibias, con una sola meta en la mente….
Encontrar a Horacio de nuevo, aunque fuera sólo en sueños.
Viernes, casi a media noche, iba caminando por las afueras de Buenavista, a pesar de la hora, el congestionamiento de personas era razonable, mi trayecto era largo, mi regreso a casa suele ser poco divertido; casi esquina con Insurgentes, giré a la izquierda y me introduje en la moderna terminal del tren suburbano.
Cada que piso esos corredores, agradezco el hecho de su novedad y la poca afluencia de personas, miro el reloj y apresuro el paso, si mis cálculos no se equivocan, el último tren está por salir. Los andadores son lustrosos, blancos aún. Las máquinas de servicio, sirven a la perfección, los suplementos como el limpia botas y la maquina de recarga para el celular, son la novedad y el distractor de muchos.
Recargo mi tarjeta y la paso por el lector sensible que me cobra la primera parte del precio total, camino por el largo andén revisando con los ojos un lugar disponible… ¡oh, sorpresa! No hay nadie, bueno casi nadie. Sin importar, camino más hacia delante, mi salida futura está al principio del tren. Tomo asiento junto a la ventana, oscura, de noche esos cristales son reflejantes.
Cierro mi chaqueta y abrazo fuerte mi maletín, que sirva de referente de un alguien a quien abrazo. Dormito sobre mis brazos y cuello, cierro los ojos y pienso por un minuto, sólo un minuto en nada, suspiro, y para cuando todo el aire hubo salido de mi pecho, un sobresalto me despierta. Era un joven que venia corriendo para que no se le cerraran las puertas en al cara. Agitado se sienta a unos lugares de mí.
Después de escudriñar su figura con los ojos, pude deducir que hacia algún tipo de ejercicio ya que su cuerpo se veía definido y fuerte, ¿Tal vez teatro, danza, ballet? No logre concretar, sus ojos verdes y su pelo claro y ensortijado captaron mi atención. Su cara sin rasurar por al menos dos días, sus ropas desgastadas y sudadas, sus ojos siempre soñadores y esas pestañas claras pero abundantes, me conquistaron.
Creo no fui discreto, se ruborizó al ver mi cara de morbo. Volteó la cabeza de un lado a otro, una y otra vez asegurándose… ¿de qué?... –Solos- dijo –estamos solos- cruzó los tres o cuatro pasos que nos separaban, se sentó frente a mí y dijo –Me llamo Horacio- se sellaron las puertas como su boca al terminar de decir su nombre.
El tren por fin avanzó, me quedé mudo, se quitó su chamarra y dejó que corroborara mis antiguas especulaciones, si tenía un cuerpo definido y duro. -¿De dónde vienes tan guapo? ¿Del trabajo, de ver a alguien?- no pude decir más que balbuceos sus labios me atraparon dentro.
-Del trabajo, ¿y tú? Ya es muy tarde para que un jovencito como tú venga solo.
-Estudio Artes Escénicas, tuve ensayo hasta tarde, ¿tomas el tren muy seguido? Jamás te había visto, y créeme lo recordaría. – me ruborizó.
Acto seguido, empezó a estirar las piernas recargándose en mi asiento, no supe que hacer o decir, simplemente me extraño. Él continúo hablando yo no entendía ni una sola palabra, no prestaba atención más que a la forma de su cuerpo y las figuras que hacia con él. Imaginé una escena sexual y me perdí en ese pensamiento hasta que al incorporarse, su cara quedó a unos centímetros de la mía. No resistí.
Lo bese, largo tiempo. Hasta que llegamos a la primera estación, se separó y apenado se echó para atrás, -Perdón, no quise…- el tren avanzó otra vez. Cuando hubo dejado la estación detrás se abalanzó contra mí besándome tan sensualmente que a pesar del aire acondicionado me dio calor, nos tomó fuertemente el deseo y nos despojamos de la ropa que parecía quemarnos la piel. Desnudos ya. Recorrí su sexo, su cuerpo firme y olí su transpiración entre amarga y tierna. Me excitó más su olor, que comía a bocanadas enteras.
Mientras lo besaba y con mis labios dibujaba sus pectorales y parte de su abdomen, se agachó y sacó un condón de su morral y se puso en posición dejándome libre visión sobre su interior, sin pensarlo más le quité el condón de la manos, me lo coloqué y lo penetré a placer, una y otra vez, sobre los asientos rojos del tren. De una posición a otra cambiaba como si no fuera la primera vez, se puso de pie y me hizo hacer lo mismo.
Justo cuando lo penetraba y disfrutaba de sus cálidas entrañas, volteo su cabeza hacia el techo a la derecha y me dijo – Mira, una cámara.- poso para la mejor toma, al fin artista del escenario –Alguien nos puede estar viendo- completó y sonrió, cerro los ojos y volvió a nuestro asunto. Olvide su comentario y seguí perdido en su cuerpo, a punto de terminar, el tren llegó a la cuarta estación, y para cuando reanudó el movimiento, yo estaba sumido en un orgasmo. Sudando, despeinado, el atractivo joven se volvió boca arriba y sobre una hilera de asientos, ya no había cuidado, el vagón era nuestro, se mostró provocativo.
Me dejó ver su pene erecto y en su rostro se dibujaba el placer del mío, no pude resistir su color de piel ni la textura de la misma, ese mismo color de cabello rodeaba como musgo el tronco de su miembro, tuve tan sólo unos segundos más para verlo cuando ya estaba devorándolo, me sabía a calor, a un infinito calor, no puedo decir el tiempo o la distancia recorrida, sólo sé que no me importaba.
Sentir su orgasmo en mi boca fue… indescriptible, las palabras no me alcanzan… delicioso, estremecedor. Me tomó de la cabeza me jaló hacia su pecho y me abrazó con piernas y brazos, justo me perdió en una seguridad y una confianza que hacia perdida para mí. Nos quedamos sólo un minuto así… acto seguido, estábamos buscando nuestra ropa. La siguiente estación es mi destino. Mientras nos vestíamos, su mirada era de travesura, de complicidad. Pensé “un extraño… un bello extraño”
Dos segundos antes de llegar a la última estación quise besarlo y su figura se desvaneció en sombras, se desdibujó de entre mis dedos, me espanté, me petrifiqué y escuché la chicharra de aviso, junto al anuncio de arribo. Abrí los ojos y seguía abrazando mi maletín… sudaba frío, estaba de nuevo solo, pero esta vez… despierto.
“Sólo fue un sueño” me pongo de pie compungido, y siento mis truzas mojadas, espesas, “vaya que sueño tan vivido”. Desciendo del tren, camino por el andén vacío, subo las frías escaleras y paso de nuevo mi tarjeta por el censor y cobró mi salida. Cruzo los torniquetes y me encamino a la salida, estaba lloviendo como nunca, me refugio debajo de mi maletín, corro una cuadra y le hago la parada a un taxi, quiero llegar ya a casa.
Al llegar a la seguridad de mi habitación me retiro la ropa y me siento tan avergonzado de haber tenido un sueño húmedo a esta edad, me siento como un niño. Entro al baño y me doy un regaderazo rápido, enjuagué mi vergüenza y seque mi infantilidad. Me meto a las sábanas tibias, con una sola meta en la mente….
Encontrar a Horacio de nuevo, aunque fuera sólo en sueños.
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada