sábado, 24 de octubre de 2009

Fantasía del extraño

Otro fin de semana tedioso, me surge una idea loca y planeo estar fuera de la cuidad, hace mucho tiempo que no visito alguna otra, hace tiempo que no viajo y que no hago algo cultural, por lo tanto decidí hacer maletas, tomar un poco de dinero y pegarme una vuelta a la central, ¿hacia dónde iré? No lo sé aún.

Tomo un taxi que me lleve cerca del metro, llevo una maleta y otra más de mano, no sé viajar ligero y menos cuando no llevo destino, sé que tiene que ser alguna cuidad, no tengo ganas de meterme en el campo o de padecer por falta de electricidad, agua dulce o exponerme demasiado al sol.

Con todo y la incomodidad de subir, bajar, subir y volver a bajar escaleras tomo el tren sólo dos estaciones que me llevan a la central de autobuses, transito por los concurridos y anchos pasillos de la instalación ya no tan moderna, de hecho un poco corroída desde la última vez que la pisé.

Busco irremediablemente mi línea de autobús preferida, viajo con dinero justo pero no quiero ir encima de algún cerdo… creo que eso no pasa por acá, eso es de películas de James Bond; me paró enfrente del panel de destinos y veo las ciudades disponibles y los horarios, es tarde ya, mi decisión me tomó más de medio día. Tengo tres opciones.

Guadalajara, Morelia o Querétaro. No tenía suficiente dinero para Guadalajara, aunque moriría por un loco fin de semana allá; Querétaro, está muy cerca y tiene menos tiempo desde la última vez que lo visité. Morelia será entonces, me dije en voz alta, me acerqué a la taquilla y la uniformada empleada me hizo saber, para mi desgracia que tendría que esperar poco más de dos horas para salir de la central.

Refunfuñe un poco y recordé que todo viaje es una aventura inesperada, y bueno esta primera noticia auguraba buenaventura; entonces me senté en la sala 1, saqué un libro que releo, creo que mi nariz es el sentido que más recuerda este libro, leo sin atención recordando apenas, quiero un cigarro, tengo ganas de orinar y el asiento es de lo más incómodo. La gente no parece de mi agrado, ni yo del suyo, vaya que aburrida ha sido esta espera.

Espera, creo que si hay alguien, no, no, es mi desesperación hablando. No sé que es más desagradable, la insolente lentitud del reloj magnético, el hedor a prisa, el hambre que da esperar o la simple intranquilidad que siento cada minuto que volteo a ver el mismo reloj de números rojos pegado a la misma pared amarillenta.

Tras varios intentos fallidos de acercarme a la señora malhumorada, tal vez harta de estar siempre en el mismo banquillo incómodo, cortando los mismos boletos y respondiendo las mismas preguntas; recibía siempre y en cada uno, una respuesta cada vez más alentadora pero desesperante. Faltando sólo cinco minutos para mi hora de salida, compro unos cigarros y un dulce, para el camino.

Prendo mi primer cigarro, ya más tranquilo, en el andén principal, amablemente agradezco la coca y las galletitas que me invitan al subir al camión, tomo asiento y saco mi celular, quiero despedirme de alguien, pero vivo solo, quiero avisarle a alguien, pero no tengo a quien, nadie sabe que viajaría, ni yo mismo. Lo guardo resignado.

Viajar de noche me es eficiente, mientras los demás duermen puedo escribir, me relaja ver el paisaje, en su totalidad oscuro, el movimiento del carro, me relaja, me hace viajar junto con él, mi música y la mala película. El tiempo es irrelevante. No sé que aventura me espera. El trayecto tiene tres paradas y justo la primera es tan rápida que ni siquiera pude levantarme a estirar. Llegaré de madrugada si las cosas siguen sin contratiempos.

El tic tac de mi teclado parece ya no importunar a los demás viajeros, han transcurrido ya dos horas de viaje, más o menos, acaba de terminar la primera película. Según pude revisar en Internet antes de salir de la central, hay una feria de cine y varios museos que visitar, eso me agrada, no quisiera hacerlo solo, pero bueno, tampoco es mala idea.

La noche es húmeda, por la ventanilla puedo observar la brisa y conforme avanza el tiempo y se acorta el recorrido, siento que será una noche especial. El dulce abrió mi apetito, busco en la maleta de mano algo que comer, me olvidé de ese asunto, que mal, la comida de los camiones me da asco, creo que tendré que comer otro dulce, tal vez después.

No tengo nada más interesante que hacer, que recorrer mi mente por trayectos de vida, pensar en aquellos momentos en los soy feliz y sonreír tontamente a mi reflejo en la ventanilla. Me siento expectante, emocionado pero al mismo tiempo me hago consciente de mi soledad. Vamos llegando a la mitad del recorrido.

El cielo nocturno está borrascoso con tintes de violeta, índigo y un azul metálico iluminan por segundos la oscuridad permanente… cerraré la cortina. Quiero un cigarro, me iré al baño a fumar escondido pero no quiero dejar mi maleta sola, la cabinita es pequeña para ir con ella, esperare. No haré más por lo menos en otras tres o casi cuatro horas.

Lo que parecía ser un recorrido sin alteraciones, un poco más allá de la segunda mitad, después de un cigarro a hurtadillas, después de dormitar alerta, en la acotación de la carretera un accidente: un camión perdió el equilibrio. ¡Vaya trayecto!, reitero una aventura inesperada a cada paso.

Trascurrieron así, lentas otras cuatro horas, cada que parecía acercarme a la ciudad, estaba aparentemente lejos de la misma, con dolor de glúteos, ganas de ir al baño y malhumor repentino, desabordé el camión a las 3:00 am en punto. Fui el primero en recoger maletas, y el primero en escudriñar la sala en busca de algo nuevo.

Hasta que vi a aquel moreliano de pie, a lado de una estación de informes, le sonreí y me sonrojé, me acerque penosamente y le dije:

- Oye, disculpa, ¿sabes de un hotel barato por acá? Vengo de visita y sin ninguna reservación.- supe de inmediato que era nativo por la ropa, el parado y ese color de piel.
- Si hay varios, te puedo llevar a alguno, pero espera, estoy esperando a alguien que viene del Distrito.
- Yo vengo de allá y según sé este es el último camión. ¿A quién esperas?
- Un amigo que venía hoy, precisamente a lo mismo que tú, pero al perecer no llegó, mal pedo, me hizo desvelarme.

Esperamos cinco minutos más antes de él se desesperará, girara en torno mío, y dijera: “Vámonos pues, este hombre ya no vino, ¿tienes hambre?” Nos condujimos a su coche, y me llevo a cenar a un lugar que aún no sé describir con frutas frescas adornando las paredes y un olor a tranquilidad.

- Me llamo César-. Dijo.
- Rodrigo.


Después de una cena rápida, nos encaminamos por rumbos desconocidos para mí, o por lo menos de noche así lo parecerían, su casa parecía ser el destino, “y seguimos con las aventuras, vaya viaje” dije para mí sonriendo tontamente. Me contó de su vida, de sus proyectos, de su trabajo, de su falta de tiempo, la soledad que vivía desde que se salió de casa, no veía mucho a su familia, estaban en Sinaloa. Catalogué al chico, tal vez no una pareja sexual, pero si una linda compañía.

Me ofreció su cuarto, rentaba uno con dos camas matrimoniales y baño independiente, televisión, teléfono y los servicios necesarios de comida por tan sólo 60 pesos por alimento, a cambio ofrecí invitarlo a donde el quisiera ir, me dejó escoger cama, y sin querer escogí la suya, desde ese momento, sabíamos que dormiríamos juntos.

Al día siguiente, tuvimos que partir a la misma hora pero diferentes rumbos, él a trabajar y yo a darme una vuelta por el centro de la cuidad. Quedamos formalmente para comer, lo acompañé a su trabajo y partí. Al dejar la habitación unas horas antes me pidió mi número de celular, para tener mejor comunicación. Justo dos minutos después de mi partida, un mensaje de texto.

“3270040 ext. 145. Éste es mi número directo del trabajo, llámame si algo se presenta inesperado” amo su poética hasta en sus mensajes de texto. Decidí no contestar, agradecí la atención y seguí mi rumbo, tenía unas cuatro horas para recorrer a solas el centro, conforme caminaba y visitaba lugares, me enteré de algunas atracciones que pensé disfrutaríamos en pareja.

Sorpresa aquélla al querer comprar un boleto de cine, “¡Perdí mi dinero!” vaya suerte; no quería preocuparlo pero no tuve más remedio, le llamé, de cualquier manera no tendría otra forma de regresar…


- No te preocupes voy por ti adonde estés, no te muevas.- me dijo por teléfono con una voz más paternal.
- Agradezco y de verdad en cuanto lleguemos a la habitación te pago, y otra disculpa porque yo sé que prometí compensarte pero con esto, me resulta imposible, te la sigo debiendo.
- No hay problema, ¿ya comiste? Te invito, después de todo tengo que comer y no me gusta hacerlo solo.- pactamos lugar de encuentro y colgué.

Después de recorrer un poco más el centro y entrar a una película rara, de argumentos pobres y una realización diferente caminé a la catedral, donde quedamos, y entre gente, carteles de exposición, raspados coloridos y un calor insoportablemente acogedor; nos topamos, un abrazo y a dar la vuelta. Con mi habitual elocuencia platiqué de mi medio día entre fatídico y engorroso, sólo conseguía sonrisas de confidencia y un silencio que me hacia hablar más.

Como resultado de una caminata sin rumbo caímos en un lugar de comida mexicana que nos resultó llamativo por el precio y la cantidad, entramos y pedimos casi lo mismo de comer. Vaya que ciudad tan airosa, el clima es templado, con aire frío, un sol abrazador y abrazante, y esta bella arquitectura neocolonial. La urbe es mucho más moderna y grande que cuando la visité por última vez, yo era un niño.

- ¿Sales de noche? Me han recomendado varios lugares que quisiera visitar, no ha estado tan de humor para ir solo, y pues bueno, sirve que también te diviertes.
- Sí, sí salgo, me apunto al plan, es un hecho que mi primera noche acá la pase en un antro.

Era hora de volver al trabajo, yo me puse de vuelta a la habitación, no había dormido mucho desde que llegué y aproveché el tiempo en descansar hasta su hora de salida, desde la comida mi viaje dejó de ser solitario a ser uno en pareja, digo de dos.

A los quince minutos antes de su hora de salida, yo estaba parado ya fuera de su lugar de trabajo, me miró y sonrió, sé que le gustó la idea de que estuviera ahí antes de lo planeado, y sus compañeros hicieron especulaciones acerca de nuestra relación sentimental, ni él ni yo corregimos las indiscreciones.

- Vamos al centro a cenar, hay lugares muy lindos que quiero que conozcas, después regresamos nos alistamos y vamos al antro.
- He pasado casi todo el día en el centro, ¿no quieres descansar antes de salir? Me quiero bañar y cenar viendo la televisión.
- Sí, quiero descansar… mañana vamos al centro, no me digas lo contrario.
- Perfecto.

Llegando se quitó los zapatos, la camisa y el pantalón, jaló una toalla y se metió al baño abrió la llave. “Pide algo de cenar, lo que quieras” gritó. Me despojé de mi ropa, el calor estaba aún presente; prendí el televisor y un cigarro, me puse cómodo y diez minutos después salió en toalla y se paró en medio de la habitación.
Me miró a través del espejo mientras peinaba su cabello, sus ojos eran brillantes, en su mirada podía vislumbrar el hipnótico deseo, mis calzones ya no eran lo suficientemente gruesos, me sentí… glorioso, afortunado. Lo invité a acostarse a mi lado y mirar la televisión, sentir su piel fresca y suave tocar la mía nos hacía temblar, quise tomar un baño y me escabullí a la regadera para aplacar mi calor.

El agua tibia a presión me calmaba la cabeza, mi cuerpo desnudo se estremecía con el sólo recordar, mis piernas temblaban y mi sexo despertaba al máximo para cuando se abrió la puerta y vi por el cancel transparente su silueta desnuda, se paro frente al espejo a lavarse los dientes, sin decir una palabra o voltear siquiera permaneció de pie allí iluminado bajo el foco blanco del baño vaporizado.

Dos segundos después volteo, inmóvil lo miré fijamente y estaba erecto como yo. Me miró. Y como pensándolo otra vez tomó la agarradera y abrió el cancel, puso un pie dentro, con los ojos cerrados, y avanzó hasta que su cuerpo estaba mojado completamente, topándose con el mío: perplejo, petrificado, esperando.

Sin abrir los ojos, me tocó el pecho y recorrió mi torso dibujando en su cara placer y gusto. Siguió así sin objeción su recorrido por mis brazos, caderas, cintura y sobre todo: mi cara, me tocó los labios, la nariz, el pelo y los ojos. Me atrapó del cuello y me jaló a su boca, húmeda. Vaya beso.

Hicimos el amor… ¿el amor? Pero si no nos conocíamos… en fin lo hicimos, mucho. Salimos directamente al antro, juntos desde el principio y hasta el final, enamorados uno del otro, en completa armonía.

El antro fue así, casi una fantasía, recuerdos intermitentes pero muy vividos, destellos luminosos de placer y pedazos de imágenes ruidosas que se reproducen en cámara lenta, discordes con la rapidez de la propia realidad. Todo pasó difuso.

Llegamos a la habitación, yo conmocionado, tú no parabas de verme, puse música suave y apagué la luz; “quiero seguir bailando” cerré los ojos, me paré frente al espejo y en la oscuridad sentía tu mirada fija en mí. “Quiero verte bailar” y sin más una mano ajena se posó en mi abdomen y en tres movimientos sutiles me quitaste la playera, mientras yo no dejaba de bailar.

Tomaste mi cintura y me volviste a tu cuerpo, tu piel estaba en llamas, quemabas y evaporabas el aire alrededor, tu mirada era tan sólo deseo, tus dedos hábiles en tres segundos me despojaron de la ropa que aun me quedaba, mi conmoción se volvió alucinación. Para cuando me toqué a tu cuerpo estaba ya desnudo.

No recuerdo bien el tiempo que pasamos tirados en aquella alfombra color guinda, sólo sé que desperté de tu ambrosía a las 9 antes meridiano. Tú seguías desnudo, dormido a mi lado, me levanté lentamente y te arrojé una manta. Me asomé a la ventana, el día era blanco brillante, me quedé pasmado en la inmensa luminosidad, como digiriendo y saboreando en mi boca el dejo de placer de anoche anterior.

Te acercaste al rato y susurraste a mi oído, “…regresa a la cama, tengo que ir a trabajar…” encendiste la regadera y sin pensarlo, acurrucado en la cama, dormité. Al salir del baño, vi tu sombra a través del vapor; cerré lo ojos y tú en silencio te arreglaste y justo andes de salir de la habitación, me dejaste un beso en la frente y fue suficiente para que cayera perdido en los brazos de Morfeo.

- ¿Ya despertó el dormilón?- un mensaje de texto alrededor de las 2 de la tarde, -Ven por mí y vamos a comer, es tu último día acá, quiero llevarte a un lugar muy especial.

Tomé un largo baño, y me vestí mi cuerpo con tu ropa, perfume mi piel con tu fragancia y caminé a tu trabajo, el día era templado, casi frío, pero no sentí nunca sus estragos, verte después de esa noche con la sonrisa que te caracteriza y brillo en tus ojos fue hipnótico.

Salimos a comer con la sorpresa: tendríamos la tarde libre para nosotros, caminamos por las cercanías del hotel contemplando el ambiente tranquilo. Una melodía electrónica se escuchaba a lo lejos en un establecimiento; nos paramos en una esquina a besarnos como si no hubiera un mañana.

Para la cena me llevo al lugar especial; era un restaurante exclusivo en la ciudad, justo en la cima del la loma más cara, platicamos de los hermosos días que pasamos, del presente y acordamos no pensar en el futuro, sólo guardar silencio y disfrutar.

Después caminamos por el centro de la cuidad, vimos fuegos artificiales, escuchamos un show de payasos callejeros, recorrimos callejuelas y nos enamoramos, un poco más. Sin decir más, llegamos a la habitación, nos dimos un baño tibio, hice maletas y dormimos abrazados.

Eran las 6:45 de la mañana del martes, cuando bajamos las escaleras oscuras hasta la recepción del hotel, abordamos un taxi, fue un viaje callado hasta la central. Creo que ambos sabíamos que se acercaba el final, nos besamos solo una vez en los labios y volteamos la mirada a nuestras ventanillas.

En medio de la central de autobuses, parados justo en el mismo lugar de nuestro primer encuentro Rodrigo dijo:

- Papito, muchas gracias por venir, espero que hayas disfrutado el viaje.
- Muchas gracias a ti, fue inolvidable, pero dejemos ya la actuación.
- Te recuerdo, fue idea tuya en un principio.
- Yo sé, pero ya fue suficiente de mi fantasía del extraño, te amo por cumplir mis deseos.
- Y yo a ti, por darle sabor a nuestro amor.
- Te veo cuando regreses a México.
- Llámame en cuanto llegues.

Abordé el camión a las 8 de la mañana y cuando miré por la ventanilla, mi novio estaba diciéndome adiós con un beso. La fantasía fue todo un éxito, ojala todo viaje fuese así de afortunado.