Invierno.
Los días fríos se han trastocado, de hace algunos años, su temperatura ha ido descendiendo y las estaciones del año han enloquecido, tenemos primaveras tan calurosas como veranos y veranos infernales, otoños invernales e inviernos polares. En una cuidad ultramoderna templada como el Distrito Federal, el frío altera el humor de las personas y aquellas metáforas del invierno en el corazón se hacen reales.
Se lee en los periódicos estadísticas de los altos índices de suicidios en invierno, los paisajes grises de las calles grises en la cuidad, digamos que, no son los preferidos de los transeúntes o habitantes. El frío complica las vialidades, estropea las máquinas, adormece las articulaciones y deprime a las personas. En comparación con la teoría globalizadora que dice que en los lugares fríos la gente es más activa, para un clima cálido o templado hace todo lo contrario.
La gente asegura que en estos días, no les dan tantas ganas de trabajar, los aburren o entristecen los días sin sol. El frío paraliza las ideas… Es como apagar el fuego que alimenta la máquina de vapor. Los corazones calientes se acostumbran, como las plantas, a luz y calor del sol, el mío es un corazón caliente, una planta devoradora…
Bah. Heme aquí otra vez, escribiendo pequeños poemas a la cuidad, todo porque así me lo exijo, no tengo ganas de seguir leyendo acerca de depresiones y otoños grises. Todo esto por la lejanía de un calor humano, me hace recordar aquellos ayeres donde todo era caminar bajo el sol.
Y me muevo para todos lados para que el movimiento me quite el entumecimiento del cuerpo, pero a pesar de las múltiples actividades no puedo desdibujarme esos brazos blancos rodeando mi cuerpo y ese sutil olor de tu cuerpo.
Soy una persona que le gusta ver el paisaje mientras camina, durante el largo del día, algo rutinario; el recorrido, por el frío, se torna un poco más melancólico, y no sé si tenga algo que ver con los colores del follaje, no dejo de recordar estos mismos lugares pero más brillantes, y tu voz del otro lado del teléfono.
Mi reloj biológico justo como el reloj negro, que ha estado en la misma pared, de aquel oloroso gimnasio, al que entré casi al mismo tiempo de conocerte, dicta una reacción, a la misma hora, que hiciste de tu mensaje, rutina; que no respeta que esté haciendo, busco en la pantalla de mi celular, tu nombre.
También, de manera inconsciente, al pasar por las estaciones de tren cerca de tu oficina, volteo hacia arriba y pienso en tu sonrisa, acaricio tu figura y respiro nuestros momentos. Me ilumina la mente por un segundo. Regreso a la realidad.
No puedo dejar de sentir tu presencia con cierta canción que escuche en el antro, aquél, donde por primera vez nos vimos, donde preguntaste 30 mil y un veces mi nombre y mi edad, como tratando de asimilarlo. Donde la primera expresión de tu rostro tímido, me conquistó; donde me aprendí, para no olvidar, tus rasgos faciales.
O caminar por las calles donde nos paseábamos en tu coche, y te recorría desde las rodillas hasta tu entrepierna. No puedo olvidar sin reírme tus tres reglas de seguridad que violé incontables veces, y por cada una recibía no menos que un reproche, o incluso la mañana fría del atropello, y mucho menos su desenlace a un medio día caliente.
Como tampoco olvido tus noventa y siete millones de segundos de llamadas a mi celular, tus mismas preguntas y tus malas reacciones; que me alegraras el día con un “hola” de tu tierno tono de voz.
No puedo decir nada de tu ropa, simplemente que te disfraza, y mucho menos nada de tu ropa interior guinda con dorado, y todavía menos de lo que ocultaba dentro. De tus historias de vida, de tu familia que se me hacía tan conocida a pesar no serlo, de tus inflexiones de voz, tu gestualidad: Tu gran plática.
Me admiro y siempre lo haré de esa tu pasión por tu trabajo, la sapiencia en tu ramo, tu cultura general, tu ambición, las metas alcanzadas, tu puntualidad y que tal tu obsesión con los celulares y el facebook.
Recuerdo especialmente tus tácticas analíticas que desnudaban, que siempre me diste el reconocimiento necesario y no más, que sabes de semiótica y que juegas con los signos, ¡qué me haces pensar! ¡Qué eres un reto intelectual! Que tienes miedos y te demuestras tan humano.
Aunque intento no logro disipar esta asociación que trae tu imagen con arrepentimiento, quisiera no pensarte como un error, y entre más quisiera acercarme a ti, no sé cómo, siento que estamos inestables, que no nos somos indiferentes, que aún nos importamos.
Tú me doliste en silencio, como me duelen los huesos con estos días fríos, te recuerdo y te pienso mucho, sí. Y si te busco es para saber de ti, porque te quiero. Quiero que seas feliz.
Bah. Pero regreso a mi poema a la cuidad, que al recorrerla me recorres tú por las neuronas, bajas a mi cara y te plantas en una sonrisa y te conservas en un buen recuerdo.
Sé que no podríamos continuar, nada, sin haber antes, reiniciado el contador, tenemos puntos que platicar y reglas que poner, el tiempo lo dirá y nuestra disposición lo hará. Antes habrá que convenir, para seguir, mientras te quedas en mí como un lindo capítulo terminado en puntos suspensivos.
… por la insaciable necesidad de temperatura.
Mi consejo para la gente afectada por el cambio de clima es que la actividad aumente, una forma de conservar y aumentar la temperatura es moverse. La cuidad ofrece cosas que ver y espectáculos naturales otoñales, lugares que a pesar del frío valen la pena.
Agarren el teléfono llamen a viejos amigos o al viejo amor, compartir energía y apaciguar el frío con calor corporal, el contacto humano es vital. Como los girasoles que al irse la luz del sol, se ocultan entre sí para esperar su re regreso, así nosotros refugiarnos juntos a esperar de nuevo la primavera.
Una buena cobija y una buena película y porque no, hacer lo que más nos gusta con una taza caliente de té, café o alguna infusión. Un libro ameno y los días se irán pasando. Por eso en la cultura mexicana, las fechas de unión familiar son en épocas de invierno.
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada