miércoles, 20 de enero de 2010

LA MISMA PIEL, PERO DIFERENTE YO.

Cuarto para las cuatro de la tarde y tomaba apenas un taxi, que me llevará el último tramo hasta mi cita hecha con dos semanas, cuatro llamadas y un e-mail, de anticipación, todo está perfectamente estipulado excepto el clima… llovía en gotas pequeñas pero abundante cantidad, las calles se encharcaban rápido, los carros apenas se escarchaban con gotas sucias; moverte era crucial.

-Voy a Reforma e Insurgentes por favor.- El día se veía gris claro y la lluvia hacia parecer que el día lloraba de tristeza, como melancólico, o sólo era yo en ese estado y el día parecía combinar con él. –Gracias.- Bajo del automóvil y sigo adelante, rápido; me refugió en un parabús donde la cita estaba pactada, cinco minutos después de la hora.

Me muevo del tránsito porque los autos me salpican el pantalón de pana oscuro y mis zapatos, el techo improvisado con hule cristal -entre el parabús y un puesto de periódicos- estaba repleto de gente, yo sin reloj imaginándome, según cuantos camiones pasaban, el tiempo que transcurría y de vez en vez miraba al cielo que no dejaba de llover.

Tengo muchas ganas de verlo, pero este clima no me gusta, quiero irme ya, pero siento feo dejarlo viene de tan lejos, sólo para pasar una tarde amable, con un amigo. Tanto tiempo sin verlo a los ojos y escuchar su consejo, simplemente por darle un abrazo, en vez de sólo prometerlo. Demonios que mala tarde, si esto empeora tendré que abortar la cita.

¡Decretado! Todo empeoró, el frío se colaba en mis huesos, arrepintiéndome apenas, di unos pasos de regreso, y al fin después de treinta minutos míos y cuarenta y cinco reales, di partida. Que mal me sentí en el taxi regreso por Reforma. Veía pasar los edificios y quería regresar el camino. Cuando lo decidí, me estaba mojando otra vez a fuera de una cafetería famosa.

Entré corriendo y maldije la hora en la que decidí no recuperar mi aparato celular, maldije la tecnología en silencio mientras estaba sacudiéndome el agua y la rabia en la fila para ordenar. Con café en mano me decidí por un sillón solitario a la esquina del establecimiento, pegado a una ventana con el logotipo enorme en transparencia de esa sirena con dos colas.

Tome mi libro del morral y antes de abrirlo me viniste a la cabeza, pobre, espero no haya llegado… ¿regresaré por él? Ya es muy tarde, la lluvia está recia. Así que al parecer estaré varias horas acá, di el primer sorbo del café y me quemé la lengua. ¡Auch! Qué enfado es quemarse la lengua. Abrí las páginas y el separador –como todas las veces que lo abro- me saco un sonrisa, “Ya apágala” decía leyenda sobre la figura de un control remoto.

Estuve varios minutos y muchas páginas entrado en la lectura, una historia fascinante acerca de la astucia y la buena cabeza de una narcotraficante mexicana, -fuga de talentos, como es usual en México- que estaba haciendo nombre y fortuna en provincias españolas al norte de áfrica. Una carcajada se oyó fuerte en el interior de la cafetería, era yo el indiscreto.

Con disimulo me encogí sobre el libro y junte las piernas para mí, y continúe la risa mientras repasaba con la mirada las líneas sobre las hojas. Junto a mí había una mesa de té, y enfrente otro sillón igual al mío, vacio; un té o alguna infusión se posaron de repente en la mesa, alguien se sentó tallándose las manos buscando calor por la fricción, se sentó y sonrió despreocupadamente. Sonreí de regreso.

-Vaya que ha de ser interesante su libro, y por lo que escuché divertido. ¡Qué risa!-

Un hombre blanco de estatura media y facciones definidas, algunas arrugas alrededor de los ojos, manos rosas anchas, sin bello visible; pero sobre todo una enorme sonrisa blanca que no dejaba de verme, un acento chileno o sureño y un dejo de sarcasmo en su comentario.

-Perdón, ¿se está usted burlando de mí?- Respondí sin cerrar el libro.
-Eso depende de usted, si me lo permite…-

Cómo demonios iba yo a permitirle burlarse de mí… a caso le parece tan gracioso que alguien no pueda contener su risa en un lugar público, me irritó el comentario, retomé postura y me clave de nuevo en sus páginas con una cara notoriamente ofuscada y un poco ofendido.

-No quise ser molesto, pero déjeme explicarme.- Dijo y su sonrisa y el acento captaron mi atención a pesar de no ser esa mi voluntad primera. Sonreí y prosiguió. –Si me lo permite, ¿te puedo hablar de tú?
-Sí, claro.
-Si me lo permites, quiero saber de qué te ríes con tantas ganas, y quise decir antes, qué risa tan peculiar… tan peculiarmente honesta.

Me sorprendió mucho el adjetivo. “Honesta”… Qué iba a saber…

-Gracias, si de eso se trata. Pues fíjate que es una historia verídica, pero un relato cualquiera, no interesa la situación sino el personaje principal, una mujer con un gran sentido del terror que la hace tener buen sentido del humor.
-¡Qué frío hace!- cambió el tema.

¡Qué! ¿Por qué lo hizo? No entiendo, quiere ser amable, pero cada que abre la boca y no sonríe, sólo es más descortés, vaya tipo. Baje la vista y volví a abrir el libro y al sacar el separador, lo dejé sobre la mesa, él tomó un sorbo de su vaso térmico y agarró el separador, leyó la leyenda y soltó una pequeña carcajada, dio la vuelta, y lo observó detalladamente, una y otra vez.

Mientras él hacía todo el ritual de reconocimiento, yo lo seguía con los ojos, sin perder detalle de mi pertenencia –un pedazo de cartón, pero al fin mía no de él- con una mirada fija y ofensiva ¡Que hombre tan agradable pero a la vez tan molesto! –Pensé- sonreí. Lo dejó sobre la mesa otra vez y al mismo tiempo yo lo tomé y nos rozamos las manos. Frías.

-¡Vaya que te gustan las cosas hilarantes –culto, el hombre es culto- por eso tu risa es tan honesta! –Y dale con la honestidad.
-¿Quieres hacer algún punto?
-Ya lo hice, tienes una risa honesta. A ver, ¿quieres volver a reírte?

Y dale con lo rudo, tal vez porque no sea de aquí, tiene otras costumbres, pero se ve educado, supongo que lo hace de manera consciente, o tal vez sólo sea así de despreocupado, creo que ya no podre seguir leyendo el libro. Coloque el separador otra vez dentro del libro.

-No lo creo, necesitaría una razón para hacerlo.-
-Entonces, como la lluvia no baja y tú y yo y tu libro estamos aquí, vamos a buscar esa risa.

¡¿Qué?!

-¡¿Qué?!-
-¿Puedo probar tu café?- decía mientras se llevaba mi vaso a la boca. Tú puedes tomar del mío.

¡¿Qué?! No entiendo, ¿quiere ligar conmigo? ¿Por qué hace todo esto? No es necesario. Porque se porta tan indiscreto, no entiendo su modo de ser, no entiendo que pretende, ¿me pretende?

-Claro.- dije mientras él sorbía mi café.
-Muy dulce.- sentenció. –No me gustan las bebidas fuertes y dulces, no soporto el café. – (¿A quién le importa?)
-Pues déjalo ya.
-¿Estás molesto? Yo sólo quiero ser agradable.- ¿Quieres?
-En realidad un poco extrañado pero molesto no.

Regresemos al punto de la risa honesta.

-Entonces te decía que mi libro tiene una peculiaridad, un humor fuerte, muy a la mexicana, envuelto de doble sentido… -Interrumpe.
-Vaya que sí, los mejicanos son muy mal pensados. –Y dale otra vez con la rudeza.
-Decía que… su protagonista es una mujer, que ha tenido que escapar de situaciones de vida o muerte, ha estado en la cárcel y ha perdido su valorización como joven mujer y paso de ser la mujer del narco a ser mujer y media de los narcos…

Hablaba mientras él se fijaba directamente en mi boca, como escrudiñando mis dientes, mis labios y tal vez las palabras que salían de ella. Me perturbó la insistencia. De vez en cuando movía la cara y él movía su vista conmigo, seguí el relato.

-Peligrosa e inteligente, huraña y precavida…
-¿Tú eres mal pensado?
-… no… no entiendo a que viene la pregunta.
-¿Cómo puede darte risa eso? –Por qué contestar con más preguntas…-
-Tendrías que leerlo para saberlo.
- A ver, léeme algo…

Sus sorpresas empezaban a gustarme, era agradable enfrentarme al otro. Abrí el libro y busque entre sus páginas alguna situación chistosa que pudiera compartir con él, pero ninguna era lo suficiente -¿y si no le hacía risa? Quedaría como el tonto que se ríe solo en una cafetería- creo empiezo a sudar frío.

-No importa qué, me gusta verte hablar, tienes una boca hermosa.

(¡Quéee!) Sonreí.

-Anda, ya ves como si quieres reírte conmigo. No me voy a ir hasta que consiga otra carcajada.

Sonreía él con más ganas que antes, apagando del todo la mía, cada vez menos irritante resultaba su presencia y cada vez más intrigante se tornaba la insinuación. Quise adelantar pasos.

-Dejemos la lectura para otra ocasión, ¿qué te trae por México?
-¿Por qué…? –Dale con las interrogantes.- Trabajo.

Vamos progresando, ya es más abierto en sus respuestas. ¿Trabajo, en qué? ¿De qué tiene pinta mi acompañante? Empresario tal vez, se ve muy desaliñado para hacerlo, deportista… muy bajo; -el silencio se prolonga- y como si adivinara mi pensamiento escupe.

-Soy fotógrafo, por eso sé de honestidades y cosas hermosas.
(Fuck!)
-Vamos te propongo algo… ¿Invítame otro café, si puedo hacerte reír…?
-¿¡Y si no!?
-Si no, me dejas invitarte otro café dulce, como te gustan, a cenar o a mi cuarto de hotel a pasarla bien.
-¡Ja…!

¡Demonios estuve a punto de reír a carcajadas…! Él juego no sería tan fácil, al contrario… pero no sé si quiera irme con él o no… -corto circuito- sí estoy sudando frío ahora, y él no deja de verme. Y por fortuna de sonreír tampoco.

-Tengo algo en la cara que no quieres decirme porque te da risa verlo ahí…
-Sí, pero no me da risa, me es placentero.
-¿Y qué es?
-Una boca hermosa.

Me sonrojé, decidido lo hace totalmente adrede. Un momento… no entiendo bien la apuesta, si pierde… me lleva con él –en caso de que quiera… (¿No quiero?)- ¿Y si gana, se gana un café? No creo poder entender la concordancia, a menos que no quiera nada conmigo, pero entonces ¿para qué sugerirlo, para qué tanta molestia? Un silencio muy largo.

-No creo entender tú apuesta del todo.
-No es necesario, entonces qué ¿Aceptas?
-No lo sé…
-No es necesario… sólo di sí o no.

¿No es necesario? ¿Hacia dónde vamos? Demonios, estoy pensando mucho; él me gusta, no tengo nada que perder, a excepción de un café, y al contrario todo que ganar… Me mira de arriba abajo, sonríe y se muestra amable. Lo es.

-Hecho, aunque quiero sugerir un cambio.
-¿Cuál?
-Pide tu café y vamos a comer… muero de hambre.

Salimos del lugar sin café, conocía un lugar cerca donde podíamos tomar algo, con la comida, -por si era el caso- el frío era gélido, las calles estabas muy mojadas… caminamos por entre charcos y goteras, pero sin prisa, nuestros zapatos estaban empapados, -demonios, no me traje otro café- justo en una calle, creo sin pensar, dio la vuelta.

-Por acá.

Dimos vuelta y seguimos caminando, alcanzo mi pasó más lento –parecía que él llevaba prisa- y me dejo pasar un poco adelante, para de repente darme un tirón fuerte, y jalarme directo a su boca, húmeda y caliente, recorrió con su lengua hirviendo mis labios mis dientes y mi propia lengua hirviendo. Nos empujó a una pared de donde caía una gotera, se mojo toda la espalda, -una falta de atención-.

(Un grito) –Ahhhh.
(Quería reír, a carcajadas… perdería) -¡Qué más da! Ja ja ja ja.- Y salió por fin.
-Pues a mi cuarto de hotel, quiero cambiarme antes de enfermarme y como has perdido, tendrás que ir conmigo.
-Ok. ¿Dónde es?
-Aquí…

Señala la siguiente esquina, -ninguna falta de atención- seguía teniendo hambre, pero tenía más intriga.

Es justo aquí donde arrancaría la hoja –si estuviera escribiendo en máquina de escribir convencional- pero como no es el caso, simplemente un salto de página para darme cuenta que esta historia no me está gustando nada; perdona el arrebato de cambiar de género y tiempo verbal, pero en esta parte de la narración es necesario.

Cambiemos, por qué no, de escenario, el frío me dio frío de verdad, lo mismo podría ser en una carretera en medio de la sierra, tú en vas en tu coche –y otra vez el cambio de género y narrativa- bueno yo voy en mi coche, rumbo a un destino de playa de la paradisiaca república mexicana, y un improvisto en la carretera de dos carriles y dos sentidos.

"Qué diantres... ¿qué está pasando?" una fila enorme de más de veinte automóviles y camiones de carga y pasajeros a lo largo de un kilometro lleno de curvas peligrosas –así como las curvas peligrosas- decía el letrero a un costado de tu coche, mi coche, de quien sea.

El calor era sofocante, el sol pegaba directamente al parabrisas, y la sobra más cercana estaba a mínimo diez metros. Después de desesperar dentro del vehículo, abro mi portezuela y bajo del interior, me asomo, como en las películas del desierto, hacia delante y hacia atrás, estaba inmóvil, varado en medio de la nada, -bueno sí, de la sierra madre no sé qué punto cardinal, como si importara- apagas, apagamos, o apago el motor y cierro el coche, camino unos pasos adelante y topo contigo, la otra parte.

Alto, delgado, de buen ver… o tal vez un hombre blanco, de lentes oscuros, camisa polo y pantalón ligero en combinación con mocasines… quizá pelo negro, sonrisa honesta -¿honesta? ¿ése no éramos nosotros, tú o yo, en el anterior capitulo?- tal vez sea el mismo hombre después de todo. Esperaba a nuestro encuentro unos metros más adelante, en la sombra.

-¡Qué calor hace!
-Sí, y al parecer no vamos a ningún lado, se cayó una carga de un camión con dirección al puerto- no importa que puerto- así que mínimo esperaremos una hora y media.
-¡Qué poca…!
-Qué poca imaginación tienes, qué haremos para pasar el tiempo…

Y así… se forma la atmósfera para una escena insinuante, rebosante de palabras que viajaran a lo largo de tu mente, erizando, tal vez, tu piel con cada espacio, letra, punto o coma que haya en este párrafo, imágenes llenas de pasión y calor que entra por los ojos y se siente en el sexo, una escena prohibida, que se creería inexistente para la mayoría, pero real para esta minoría.

-Qué ricos labios tienes.
-Tu cuerpo me encanta.
-Las líneas de tus nalgas son perfectas.

Que apasionantes y tan llenas de verdades a medias tienen estas conversaciones entre dos extraños que se descubren al deseo de los cuerpos, como el aire que se mezcla con el mar para formar nubes húmedas, donde el sol entibia el ambiente, los cabellos se mojan y la visibilidad es nula más allá de unos metros de distancia, una experiencia natural de sensaciones sobrenaturales.

Recorría su pene con la boca y tragaba toda su virilidad con deseo, lo babeaba hasta escurrir sus piernas fuertes, entre beso francés y un beso apasionado, nuestros sabores se revolvían en la boca; cambiamos de posición, ahora era él, quien tragaba, sin dificultad mis veinte centímetros –nuestros, o bueno tus veinte centímetros, tal vez más, tal vez menos- mis (tus) firmes y bien formados huevos – ¿o testículos? Nadie los llama así a la hora de coger (hacer el amor, si eres romántico)-.

Lo monté (lo montamos) y me montó (nos montó) sudábamos a chorros y los pájaros silvestres cantaban alrededor, una buena cogida, una de esas que recuerdas y suspiras, tan buena que vuelve insignificante al compañero sexual. Terminó viniéndose en mi espalda y yo en su delgado pecho color blanco. Lo incomodo fue el regreso al auto después de dos horas… dos calientes, supurantes de pasión y deliciosas horas.

Abrí (mos) el maletero y te cambiaste de ropa, al ingresar al auto prendemos (prendiste o prendí) el aire acondicionado y cinco minutos después el tapón se desintegró y cada quién siguió su propio camino, -que era el mismo, lo que cambiaba era el destino, pero tú debes saberlo- y hasta la vista, otro que muerde el polvo o una almohada.

Y vuelvo a cambiar de hoja, o de aires, tal vez debería hacerlo de fuente, pero no se vería bien ese recurso… mejor imaginemos algo menos incomodo que árboles frutales, carreteras curvilíneas, pájaros silvestres y accidentes automovilísticos. Qué tal si ahora la escena se diera en el metro… (Trillado), -yo tengo la culpa, hice a mi lector exigente- en un bar en una cuidad extraña, de este país o de algún otro.

-Más imaginación, carajo.- me reclamo.

Ya sé, encontré el escenario perfecto, una habitación normal, bueno ordinaria, ja, mejor dicho común, como la tuya como la mía, como la que quieras, donde hay en una pared, un espejo de cuerpo entero, donde nuestro protagonista se encuentra desnudo frente a él, recorriendo su piel, acariciando sus detalles, excitando su sexo.

-No, esto no funcionaria

Bueno entonces si la escenografía es la que falla tal vez el acompañante sea lo indicado, que te parece un hombre… que desborda sensualidad al caminar, que su nombre grita deseo; su cuerpo es tentación, fuego instantáneo al mirar, una gran esfera de hormonas con candencia y quizá un pene enorme en proporción a su figura esculpida.

Topas con su encanto en la puerta de una cantina a la horilla del mar,- ¡Epa! El escenario se dio solo- lo sigues por la arena fría y la brisa moja tu piel, se pierden en cuestión de segundos en una oscuridad envolvente, pareces seguir sólo el rastro de su aroma, la presa no está lejos.

Caminas unos metros donde la luz del foco de la cantina desaparece y sólo puedes ver con el reflejo sus pestañas largas y sus ojos tímidos, te abalanzas pronto, a tocar su cuerpo ¡desnudo!, se ha despojado de su playera y los pantalones cortos son muy cortos. Sientes su piel que quema, jalas su cabello, lo hueles, te deleita la fragancia exótica de su sudor, te quema por dentro la verga y quieres dejársela ir y comprobar si sus entrañas tienen la misma temperatura que su ombligo.

Lo desnudas por completo y comes su pene erecto hasta dentro, sin dejar rastro, quieres probar su sabor lechoso, y por qué no, comer y tener un poco más de él, para tu deleite. Al momento de voltearlo y tenerlo dispuesto a todo, no sólo te alimenta el cuerpo, ya que se nutre cada vez que haces esto, sino también engorda tu ego (autoestima), tu percepción de poderlo todo, de ser irresistible.

-Golpe de suerte.

El escenario no importa, no interesa quién o como sea mi personaje, como seas tú, como me describa, o como nos hallemos identificados con el que vive, a través de las palabras, esta historia que no es historia sino hasta que terminas de leerla. No interesa quien sea o como luzca el o los co-protagonistas, cuántos o cuáles sean los actores de reparto, el hecho está en que tú (yo) no cambias (cambio), tus expectativas no cambian en esencia sigue siendo el mismo.

Y se repite la historia –que en este caso ya es historia- de siempre, y me siento extraño, como si no fuera yo –dice Alfonso Pichardo- en una piel que es la misma de siempre pero le falta algo. Algo como…

Un escenario nuevo.
Un personaje diferente (que termina siendo lo mismo).
Una nueva actitud.
Un nuevo lector.
Un nuevo escritor.
Una nueva pluma…
Un nuevo amor. ¿Amor?... Amor…

1 comentarios:

*** Daniel Cortés... dijo...

Dijeron: "sobresaliente..."

Yo digo gracias...

Dijeron: "no importa si las personas cambian, o estoy en otro lugar, mi amor sigue siendo el mismo."

Yo digo: Yo sé amar.